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La ceremonia del té: el arte de beber en paz

Si bien la práctica de tomar el té puede llevarse a cabo en cualquier casa, la ceremonia propiamente desarrolló toda una estética y filosofía de dónde y cómo tomarlo. En ese sentido, para el lugar o espacio se diseñaron casas de té que tienen características que, junto con la ceremonia, forman un todo de contemplación y belleza. La “Casa de té” (Cha-seki), inserta en jardines majestuosos, incluso en bosques naturales, es una construcción de madera con los espacios y distribución estrictamente necesarios; espacios en los que la sobriedad es el elemento principal. Las casas de té a primera vista parecen cabañas. Los invitados, quienes tomarán el té, deben entrar a través de una puerta baja, pequeña de altura, que obliga al visitante a agacharse; esta posición simboliza el despojo del orgullo y la soberbia: bajar la cabeza ante la sencillez.

Quien prepara el té, quien ha recibido los conocimientos de un maestro o maestra de esta práctica, se dedicará a limpiar los utensilios, cuidar la temperatura del agua, servir los tazones, mezclar el té, volver a limpiar y despedir a los invitados. Todas estas acciones que están, como ya se dijo, cuidadosamente ordenadas en una secuencia de movimientos, implican la atención de quien prepara y de quien beberá, se podrá “oír el silencio”; los sentidos están en paz y atentos a todo lo que sucede, lo que se ve, oye, siente, lo que se huele y lo que se sabe con la lengua y el olfato. Mientras, la casa de té, con su sobriedad, es un intersticio entre la naturaleza que rodea esa sencilla construcción en medio de los árboles, las flores, los ríos, y la intimidad tanto de la ceremonia como de la contemplación de cada persona que participa. Es decir, vemos que no solo se trata de tomar el té, sino que implica la búsqueda de la contemplación, una manera de meditar a través del té.

Podemos entender entonces que las casas del té estuvieran insertadas en el bosque o los jardines, incluso algunas de ellas están escondidas, y solo caminando por veredas cuidadosamente diseñadas, que pueden rodearlas al mismo tiempo que permanecen ocultas, el visitante de repente topará con la casa, de frente. De ahí que los monjes y los samuráis tuvieran estos espacios para limpiarse del mundo, de la sociedad y de la guerra; las casas de té eran un espacio para el reencuentro con la naturaleza y el silencio, la calma y el alivio. Y por ello, esta práctica sigue vigente, para los habitantes de Japón y para los turistas que buscan esta experiencia en su recorrido.

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CEREMONIA DEL TÉ 1

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