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El jardín japonés: la natural perfección

Pero no se trataba de saturar con plantas, hacer canal y ponerle agua. No. Se procuraba que la distribución de los elementos tuviera, como ya se dijo, simplicidad, elegancia, refinada profundidad, etcétera. Entonces, por ejemplo, si hablamos de un jardín pensado para recorrerlo a pie, se trazaban caminos angostos —se dice que solo del ancho de una persona, porque los dignatarios caminaban adelante seguidos por sus súbditos, y por otro lado, las mujeres siempre iban detrás de los hombres, nunca al lado—, y conforme avanzaba el recorrido, los caminantes encontraban “representaciones” de los paisajes del país nipón (es lo que se conoce como miegakure, “ocultar y revelar”): montañas conocidas y sagradas, grupos de agua, incluso el mar, y pasos a lugares místicos. 

Los primeros jardines estaban insertos en grandes extensiones, dentro de palacios o fuera de las ciudades, como lugares de descanso de poderosas familias. Podemos imaginar lagos artificiales de gran extensión en medio del terreno, incluso para paseos en bote, con arroyuelos que permitían escuchar el sonido del agua en movimiento. Había peces para adornar con sus colores brillantes los cauces. Dentro de los lagos, los islotes, también artificiales, tenían el aspecto imaginado de un lugar sagrado. En la tradición japonesa se dice que existía un lugar donde moraban los Ocho Inmortales, el monte Horai; pues los islotes en los jardines representaban este lugar, y para llegar a él se creaban puentes, como el paso a un lugar sagrado a través del agua. 

Hay puentes de madera, curvos y sencillos; también los hay de piedras o troncos que apenas sobresalen del cuerpo del agua, para poner solo un pie en cada superficie, es decir, caminar pisando una piedra y luego otra y otra hasta llegar al destino. Las piedras o rocas llevadas a los jardines eran escogidas cuidadosamente, se evitaban los colores brillantes; podían ser lisas o volcánicas, estar en medio de la vegetación o dentro de un estanque, pero siempre firmes, bien aseguradas al piso, porque debían dar impresión de estabilidad y permanencia. Estos elementos minerales, dependiendo el lugar que ocuparan en el jardín, simbolizaban o la tierra, con piedras lisas, o montes y montañas, con las rocas puestas en vertical. Además, ayudaban a dibujar los cauces y, dependiendo de su acomodo, a dar sonoridad a la caída del agua o contenerla.

Entre los años 794-1185, se usó el Sakuteiki (Notas sobre jardinería), el manual más antiguo de jardinería, donde se reúnen los secretos relativos a este arte que en aquel momento tenía algo de religioso y mágico, los cuales los maestros transmitían a sus discípulos de manera oral. El Sakuteiki comienza con la frase: ishi wo taten koto, que podríamos traducir como “el arte de asentar las rocas”, es decir, más que cuidados de los jardines, era el propio diseño de estos, y con ello vemos la importancia de este elemento mineral. Ninguna roca, ninguna piedra estaba puesta al azar; todo estaba pensado y tenía un propósito. Se dice que, siguiendo este manual, se trataba de pensar dónde quería estar la roca, entender el lugar de la roca. Por eso, los jardines también se usaban para la contemplación, por el juego perfecto de naturaleza, belleza, armonía y paz.

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